«Hay que repudiar la polarización y trabajar en la reconciliación nacional»: Lolo Echeverría

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Lolo Echeverría, periodista, columnista, arquitecto y filósofo, es uno de los analistas políticos más respetados del país. Es un especialista en el ser liberal y en detectar a los autoritarios. Políticos y sus partidos, incluido el presidente Daniel Noboa, pasan por su escáner. Lea esta entrevista.

Lolo Echeverría es periodista, columnista, arquitecto y filósofo, con estudios en Ecuador, España y Estados Unidos. Nació en Riobamba, en mayo de 1946, y es considerado uno de los analistas políticos más respetados del país.

Es un guardián de los valores liberales y de la democracia. Además, sus análisis prospectivos son apetecidos entre empresarios y líderes de opinión. Por esto, la coyuntura actual es un gran material para este pensador que ha dirigido varios medios tradicionales y que desmenuza la realidad nacional.

En esta entrevista con LA HORA descifra el momento que atraviesa el país, tomando en cuenta lo que ha sucedido en los últimos años. Para él, nada es producto del azar. Parece que todo sigue un camino, pero que no es fatal. ¿Por qué? Es generoso con el ecuatoriano, no tanto con el político, los actuales y los pasados.

La esperanza, considera, está en la “población trabajadora y solidaria como demuestran la acogida que tienen los migrantes y las remesas que envían a sus familiares”.

Sí cree que hay salidas ante los caudillos, populistas, o serios aspirantes a serlo. Hay que repudiar la polarización y, aunque parezca imposible, hay que trabajar por la reconciliación nacional, dice.

Aquí la entrevista completa.

P. Luego de la impunidad del expresidente Rafael Correa, los ataques callejeros a Lenín Moreno que hizo que tambaleara, del juicio político a Guillermo Lasso y la muerte cruzada, y que el presidente Daniel Noboa se convierta en una especie de activista social al descender a la calle y marchar contra la Corte, todos serían síntomas de que el sistema democrático en Ecuador falla. ¿Es posible el rescate?

Cuando el populismo degrada la actividad política como ocurrió con la revolución ciudadana, no solo afecta a los actores políticos sino a todos los actores sociales, es como un virus que impide la generación de anticuerpos, por eso la recuperación toma tiempo y el virus nunca se va totalmente, se debilita, muta en nuevas formas y vamos habituándonos a vivir con él. El populismo no es solamente el discurso vocinglero y las formas chabacanas de liderazgo, es sobre todo un sistema diseñado para engañar a las masas haciéndoles creer que participan de algún modo en el gobierno porque el caudillo habla en su nombre y en su nombre golpea a los poderes dominantes. Es una falsificación de la democracia porque el caudillo acumula poder, controlando las otras funciones del Estado y sometiendo a los órganos de control. La democracia es un sistema de limitación del poder, el populismo es el poder sin límites. La derrota de Correa y la traición de Moreno quebraron la revolución ciudadana, pero dejó las instituciones pervertidas y la organización social fracturada. Moreno fue víctima del caos institucional y Lasso cayó en una celada política.

El presidente Noboa está infectado por el virus del autoritarismo. Le ha ocurrido algo inédito en la política: mientras más ataca al correísmo, más se parece a él y más dispuesto está a utilizar los mismos mecanismos de acumulación de poder. Asegurar una mayoría legislativa servicial, controlar la mayoría en el Consejo de la Judicatura y el Consejo de Participación Ciudadana, designar sumisos para los organismos de control, confrontar con la Corte Constitucional, son todos mecanismos eficaces que ha utilizado el populismo de izquierda y derecha en todas partes. El populismo desvanece las ideologías, carece de modelo económico y habita en el puro presente. Es un modelo de gobierno ensimismado, autoritario y caprichoso con mucha eficacia en lo político y pocas posibilidades en lo económico.

No existen curaciones milagrosas para el populismo y sus secuelas. Los remedios son la organización social, la participación activa de las élites, la academia, los sindicatos, los gremios. No es fácil vivir en democracia, hay que educar para vivir en democracia, como ha dicho Edgar Morin. Para recuperar la democracia hay que huir de los caudillos con vocación de eternizarse en el poder, hay que repudiar la polarización y, aunque parezca imposible, hay que trabajar por la reconciliación nacional.

P. Las élites económicas, políticas, académicas, incluso líderes de opinión, parece que van despertando de un letargo que se ha profundizado luego del asesinato de Fernando Villavicencio. Pero, ¿hay secuelas de ese prolongado silencio o autocensura por conveniencia o por miedo?

La revolución ciudadana intentó destruir todas las organizaciones sociales, los gremios, los sindicatos, la fundaciones y los medios de comunicación y hasta las universidades porque a todas consideraba poderes fácticos, competidores del poder político. Las élites guardaron silencio allanándose a las condiciones impuestas por el caudillo. Los que no se sometieron fueron perseguidos, encarcelados, insultados y varios líderes fueron asesinados. Claro que deja secuelas no solo la persecución, también la sumisión. La sociedad que teme a sus gobernantes no es una sociedad democrática y la sociedad que guarda silencio no exige cuentas a sus representantes.

El miedo se ha prolongado facilitando la polarización y aceptando niveles peligrosos de tolerancia a los políticos y a las bandas del crimen organizado. Es saludable que al menos haya debate sobre lo riesgos de reducir las libertades y la seguridad ciudadanas, de aprobar leyes que limiten los derechos, de permitir que el Estado espíe a los ciudadanos, exija la entrega de información o pueda confiscar bienes privados con el pretexto de contar con más instrumentos para luchar contra la violencia. El excesivo temor al regreso del correísmo, puede provocar el relajamiento de los mecanismos de control que tienen los ciudadanos y las instituciones para impedir abusos del poder.

P. La opinión pública, en especial la quiteña, se frena en cuestionamientos al presidente Noboa porque la polarización ha hecho que los califiquen de correístas y parece que nadie tiene la fórmula para salir de esa trampa. ¿Qué les dice a los temerosos?

Que el miedo paraliza, que no encontraremos soluciones mientras sigamos sobredimensionando al correísmo. Correísmo y anticorreísmo son dos movimientos que han monopolizado la actividad política de manera interesada mediante la polarización. A medida que se desarticula el correísmo y el anticorreísmo asume parecidas estrategias, el gobierno tiene que buscar nuevos enemigos y asustarnos con nuevos peligros. El maniqueísmo político es una vieja estrategia para obligar a los ciudadanos a elegir un bando, no por razones sino por emociones.

Ningún gobierno reconoce la “critica constructiva”, la crítica pone al descubierto la verdad y delata que el discurso oficial solo es un relato interesado. La estrategia de los gobiernos es desacreditar a los disidentes poniéndolos del lado del enemigo. Si se puede hacer esto con los magistrados de la Corte Constitucional, con mayor facilidad lo harán con periodistas, analistas, constitucionalistas y cualquiera que haga observaciones.

La madurez democrática no se alcanza socapando a los políticos sino haciendo una oposición fuerte y transparente. Si la oposición es blanda o tiene acuerdos escondidos con el poder, pierde su legitimidad como alternativa para el futuro. Los primeros síntomas de autoritarismo son irrespetar a la oposición, comprar traidores y prescindir de los medios apelando a las cadenas nacionales con relatos propagandísticos.

P. Es evidente que el país necesita que ingrese más dinero, necesita inversiones, pero parece que el actual Presidente dejó de ser el Presidente de los cambios profundos. ¿Cree usted que Noboa abandonó ese camino y se acomodó al modelo correísta?

Ecuador es un país bendecido por Dios porque tiene todas las condiciones para convertirse en una sociedad desarrollada. La situación geográfica y las condiciones del clima permiten obtener hasta tres cosechas al año cuando la mayoría de países a duras penas obtienen una. Siendo tan pequeño puede ubicarse en los primeros lugares como exportador de banano, camarones, flores, brócoli, frutas y cientos de productos. Tiene grandes reservas de petróleo y una cordillera llena de minerales preciados, posee condiciones extraordinarias para producir energías renovables y tiene una población trabajadora y solidaria como demuestran la acogida que tienen los migrantes y las remesas que envían a sus familiares. En cambio, nuestro país no ha tenido políticos con calidad de estadistas.

La lista de penurias es interminable, desde burócratas vagos y altaneros hasta organizaciones especializadas en saquear los recursos del país. Los populismos que hacen en campaña promesas absurdas que no pueden cumplir, en el gobierno se limitan a sostener el monstruo estatal con impuestos y con deuda externa. Un estadista le dice la verdad a los ciudadanos y le exige los sacrificios necesarios para generar riqueza y repartirla con justicia.

El presidente Noboa, como tantos empresarios que han pasado por el poder, parecía capaz de diseñar un modelo económico eficiente que permita pensar con esperanza en el futuro, pero hasta ahora, solo ha exhibido sagacidad electoral. En economía se ha limitado a implementar las reformas necesarias para que el Fondo Monetario Internacional y los multilaterales sigan prestando dinero para seguir pagando las cuentas. El círculo vicioso de la política populista consiste en gastar los recursos nacionales, no para mejorar la eficiencia del Estado sino en publicidad para cuidar la popularidad del presidente. Permanecer en el poder parece la prioridad y la solución de los problemas exige sacrificios que no concuerdan con el sistema de campaña electoral permanente, acumulación de poder y propaganda desaforada; todo al estilo correísta.

P. Hay personas que consideran que, con tal de que Noboa no se convierta en un Correa en sus cuatro años, hemos ganado. ¿Usted qué cree?

Los que apoyan con aires de fanatismo al presidente Noboa, algunos hicieron lo mismo con Correa, se muestran incapaces de hacer alguna crítica, defienden con argumentos rebuscados los errores de los funcionarios y parecen dispuestos a tolerar otro Correa con tal de que sea un Correa “nuestro”. Creo que algunos lo hacen interesadamente porque son o esperan ser parte del gobierno. Otros lo hacen resignadamente porque no había otro. Creo que no advierten el peligro de fabricar un caudillo. Cuando quieran rectificar ya será tarde. Lo que estamos viviendo es la prueba de lo fácil que es caer en el populismo y lo difícil que es salir de él. 

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